Expertos

El saqueo napoleónico de España (2)

"King Joe and Colleagues making the most of their time previous to quitting Madrid" (El rey Joe y sus colegas aprovechan al máximo su tiempo antes de dejar Madrid). caricatura anónima inglesa. s.XIX (Foto: © Bodelian Libraries).

Los Mariscales Exquisitos: Jean de Dieu Soult y Horace-François Sébastini

César Alcalá | Viernes 01 de mayo de 2026

El mariscal Soult se encargó de expoliar los altares de Sevilla

Jean-de Dieu Soult, retrato de 1850 de Louis -André Rudder

La figura de Jean-de Dieu Soult, duque de Dalmacia y mariscal del Imperio napoleónico (1769-1851), permanece grabada en la memoria histórica de Sevilla. No solo porque la ocupó en 1810, sino como el artífice del despojo artístico más sistemático y voraz que se recuerda. Hablar de Soult es abrir una herida en el patrimonio español. Una operación de saqueo que, bajo la apariencia de una reorganización administrativa y protección de las artes, desmanteló siglos de fervor religioso para alimentar una ambición personal sin precedentes. No fue un robo impulsivo. Aquello fue un saqueo quirúrgico y documentado que transformó los conventos, iglesias y palacios sevillanos en una suerte de cantera logística de donde salieron cientos de lienzos de valor incalculable. Estos o fueron a parar a la colección personal de Soult o a París.

La cantidad de obras de arte que guardaba Sevilla, antes del 1 de febrero de 1810, fecha en la cual entró Soult en la ciudad, superaba lo inimaginable. Y esto fue gracias a las instituciones eclesiásticas que habían sido los grandes mecenas de artistas como Murillo, Zurbarán o Valdés Leal. Soult, sin ningún escrúpulo, comprendió que Sevilla era un botín mucho más valioso en riquezas materiales que cualquier victoria militar en campo abierto. Acompañado por asesores que conocían perfectamente la calidad de las piezas, inició una campaña de confiscación que comenzó con el pretexto de crear un Museo Napoleón en Sevilla. Una institución que debía modernizar el acceso al arte, pero que en realidad era un centro de embalaje y clasificación hacia Francia.

La mayoría de las obras expoliadas eran de Bartolomé Esteban Murillo. Para Soult el pintor de las Inmaculadas representaba la culminación de la belleza devocional. Poseerlo se convirtió en una obsesión. El caso del Hospital de la Caridad es el ejemplo más evidente de este expolio. Murillo había concebido para este espacio un ciclo pictórico coherente, una unidad de sentido que narraba las obras de misericordia. Soult lo fragmentó llevándose piezas fundamentales como “La curación del paralítico” o “El regreso del hijo pródigo”. Lo que hay hoy en día allí son reproducciones o espacios vacíos que demuestran que aquel discurso artístico fue despedazado por la ambición de Soult. En el Convento de los Capuchinos, que albergaba uno de los conjuntos más espectaculares de Murillo, fue despojado que se perdió la coherencia del retablo para siempre.

En total, se estima que el mariscal se apropió de más de 180 obras de arte de los mejores maestros: Murillo, Zurbarán, Alonso Cano, Valdés Leal, Rubens, Herrera «El Viejo», Juan de Roelas…

Pudo actuar de esta manera porque había un vacío legal como consecuencia de la guerra. Los cuadros no solo eran descolgados o arrancados de las paredes. Se registraban, se enrollaban cuidadosamente y se enviaban en convoyes protegidos hacia la frontera. El Alcázar de Sevilla se convirtió en el almacén de ese saqueo. Se estima que la expoliación llegó al millar de pinturas. Aunque algunas estaban destinadas a los museos nacionales franceses, para mayor gloria de Napoleón, una parte de ellas, muchas veces las mejores, acabaron en casa de Soult. Su colección llegó a ser una de las mejores de Europa. Sin ningún pudor enseñaba las obras que había robado en Sevilla.

Se cuenta que Soult mostró un Murillo a una de las personas que lo visitaron en su casa y le comentó con cinismo que ese cuadro en particular le había costado la vida de dos monjes, los cuales se resistieron a entregárselo. Y no es solo lo que se llevó, sino lo que destruyó en todo ese proceso. La precipitada salida de las obras, el almacenamiento en condiciones precarias y el desprecio por los marcos y las estructuras originales supuso una perdida irreparable. El expolio de Soult supuso que se se desarticularan las colecciones eclesiásticas y que se debilitara la propiedad de las instituciones sevillanas. También facilitó que, tras la guerra, el mercado internacional de arte pusiera sus ojos en la ciudad, iniciando una sangría de patrimonio que continuaría a lo largo del siglo XIX, con marchantes y coleccionistas extranjeros que aprovecharon la pobreza y el desorden que imperó después de la guerra.

Cuando Sevilla fue evacuada por los franceses en agosto de 1812, tras la derrota de la batalla de Salamanca, las prisas por marcharse lo más rápidamente posible impidió que se lo llevaran todo, aunque el daño ya estaba hecho. Lo que se conoce como “la dispersión de la escuela sevillana” es obra de Soult. Museos cono la National Gallery de Londres, el Hermitage de San Petersburgo, o el Louvre, deben parte de las pinturas españolas que exhiben en sus salas al mercado secundario que generaron los robos de Soult. La conocida como “Inmaculada de Soult” de Murillo estuvo en Francia hasta 1941. Ese año, gracias a un intercambio regresó a España, exhibiéndose en el Museo del Prado. Este es un ejemplo aislado. La mayoría de las obras siguen en el extranjero sin ninguna perspectiva que sean devueltas a sus verdaderos propietarios.

En su retirada, Soult se llevaría consigo todas las obras expoliadas a título personal con destino a sus residencias de París, el castillo de Soultberg y la mansión de Villeneuve. Tras el fin de la guerra, se formó una pequeña embajada integrada por el general Álava, el capitán Nicolás Miniussir y el pintor Francisco Lacoma con la finalidad de recuperar las obras robadas. Lograron que se devolvieran una pequeña parte de las pinturas que habían sido expoliadas «oficialmente», es decir, las que iban destinadas al Museo de Napoleón. Pero fue imposible recuperar las que habían sido saqueadas. A su muerte, en 1852, sus herederos subastaron gran parte de la colección, de manera que las obras fueron distribuidas por todo el mundo.

Soult y otros convirtieron París y Francia en el museo del mundo a costa de la identidad de las naciones ocupadas. Sevilla, después de la ocupación francesa, se convirtió en una ciudad empobrecida y mutilada artísticamente. El expolio de Soult no fue un incidente menor de la guerra de la Independencia. Cambió la concepción que se tenía hasta ese momento y convirtió el arte en un objeto de poder y riqueza personal. Soult fue un militar que, utilizando su posición, dejó Sevilla con el orgullo herido y las paredes de conventos e iglesias desnudas.

La codicia patológica del conde Sébastini que saqueó Murcia

Horace-François-Bastien Sébastini, retarto de Franz Xaver Winterhalter (1841)

Si en Sevilla, como hablamos, el nombre de Soult va unido al expolio artístico de la ciudad, en la ciudad de Murcia tenemos otro personaje siniestro, el mariscal y ministro Horace-François-Bastien Sébastini de la Porta, conde de la Porta 1772-1851). Sébastini llegó a Murcia en 1810 con una mentalidad que mezclaba la disciplina marcial con una codicia estética casi patológica. Su paso por allí no sólo fue una ocupación militar, sino un desmantelamiento sistemático de la identidad visual, al expoliar algunas de las mejores obras del barroco y del arte religioso de España.

Las tropas de Sébastini entraron en la ciudad el 23 de abril de 1810 sin resistencia de sus habitantes, los cuales se hallaban en un estado de postración y temor. Sébastini, que ya era conocido por su fama de recolector tras su paso por Málaga y Granada, no perdió el tiempo. Para Sébastini el arte no era una expresión de fe o de historia local, sino un activo financiero y un trofeo de guerra que legitimaba su estatus ante la corte de Napoleón. Murcia se convirtió en un objetivo perfecto para su ambición personal. El expolio lo quiso disimular bajo la apariencia de una contribución de guerra. Impuso a la ciudad unas cargas económicas tan desorbitadas que las instituciones, incapaces de reunir el dinero en metálico, se vieron forzadas a entregar sus tesoros para evitar represalias.

Francisco Salzillo, el genio de la imaginería barroca, había dotado a la ciudad de una personalidad única, creando para sus iglesias tallas espectaculares. Sébastini, aunque más interesado en los cuadros porque eran más fáciles de transportar, no fue ajeno a las esculturas de Salzillo. Aun así se centró en los lienzos y la orfebrería. La catedral de Murcia, los conventos de las Anas, de las Claras y de San Francisco fueron saqueados con una eficiencia administrativa escalofriante. Sébastini recorría personalmente los templos y señalaba con su fusta los cuadros que debían ser descolgados. Iban con él expertos que evaluaban la calidad de las telas antes de enrollarlas y enviarlas hacia los depósitos de Madrid o directamente a las colecciones privadas de París.

En aquel expolio se perdieron obras de arte de Pedro de Orrente o de pintores de la escuela valenciana y madrileña que había pasado por Murcia. Sébastini tenía un gusto refinado y sabía que las obras de temática religiosa española se cotizaban en los círculos europeos. El expolio de Murcia fue un vaciado de la memoria colectiva. Al levarse cuadros y orfebrería no solo robaron objetos valiosos, sino que despojaron a la ciudad de los referentes visuales de devoción y de su vida cotidiana. Los espacios sagrados se utilizaron como cuadras para los caballos o almacenes de forraje una vez expoliados.

Mientras Sébastini en sus proclamas hablaba de traer las luces de la civilización y el progreso a una España atrasada y fanática, sus acciones demostraban un desprecio absoluto por la cultura del país que pretendía regenerar. Murcia sufrió una doble asfixia por parte de Sébastini. Por una parte la económica, arruinando a las familias nobles y a los gremios; y por otra parte la cultural al expoliar su patrimonio. La astucia de Sébastini al utilizar la deuda de guerra como excusa legal hizo que el saqueo fuera casi total.

Es muy difícil seguir el rastro de las obras expoliadas por Sébastini. Las piezas que terminaron en manos privadas o que fueron vendidas en el mercado negro del arte en París, tras la caída del Imperio, desaparecieron para siempre. Algunas obras de la escuela murciana acabaron en museos extranjeros, descontextualizadas, presentadas como simples muestras de exotismo español, cuando en realidad era parte de un retablo o habían sido veneradas durante años por una cofradía. Terminada la guerra Sébastini disfrutó de la inmensa fortuna que consiguió, en gran parte, gracias a los cuadros y objetos arrancados de las paredes de las ciudades españolas que administró.

Lo doloroso es el olvido que siempre ha rodeado este expolio de Murcia si lo comparamos con Madrid y Sevilla. Murcia ha conservado el Belén o los pasos de Salzillo es una versión fragmentada de lo que fue ante de la invasión de los franceses. Los pasos se salvaron en parte por la dificultad de transportar la madera policromada. La perdida de la orfebrería fue especialmente grave, ya que muchas piezas de plata labrada de los siglos XVII y XVIII fueron fundidas para pagar los sueldos de las tropas francesas.

El expolio de Sébastini no fue un efecto colateral de la guerra, sino una estrategia deliberada de dominación. No solo quería los cuadros para adornar sus salones o los museos, deseaba demostrar que los conquistadores eran los nuevos dueños de la tierra, de la belleza y de la historia. Sébastini pasó por Murcia como un vendaval que, bajo la capa de la oficialidad, ocultaba el mas vulgar de los robos. Vendió el arte murciano al mejor postor sin inmutarse ni ningún remordimiento.

TEMAS RELACIONADOS: