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La huida de José Bonaparte de la batalla de Vitoria, España, el 21 de junio de 1813 durante la Guerra de la Independencia Española.
La huida de José Bonaparte de la batalla de Vitoria, España, el 21 de junio de 1813 durante la Guerra de la Independencia Española. (Foto: © Universal History Archive (libre))

El saqueo napoleónico de España (1)

Los Expoliadores de la Familia Napoleón. Joachim Murat y José Bonaparte.

miércoles 01 de abril de 2026, 10:00h


Joachim Murat, cuñado traicionero y petulante de Napoleón, pintado por Françosie Gerard (1801). José I Bonaparte, retartado como Rey de España por Gerard en 1810

La vanidad de un cuñado de Napoleón que desvalijó Madrid

La llegada de Joaquín Murat a Madrid se produjo en marzo de 1808. Aquel hecho no solo fue el preludio de un conflicto bélico muy sangriento, sino el inicio de una de las operaciones de saqueo cultural más cínicas y calculadas de la historia de España. El mariscal Joaquín Murat (1767-1815), Gran Duque de Berg, rey de Nápoles y cuñado de Napoleón, era un hombre de una vanidad desmedida y una gran ambición. No llegó a Madrid como mediador militar o administrador imperial, sino que lo hizo para llevar a cabo un expolio cultural. Para Murat Madrid no solo era la sede de la monarquía, sino un inmenso inventario de tesoros que debían servir para consolidar su prestigio y el de la nueva dinastía que aspiraba representar, al estar casado con Carolina, hermana menor de Napoleón.

Se encontró una corte paralizada por las intrigas entre Carlos IV y Fernando VII. Gracias a este vacío de poder pudo moverse libremente y convertirse en el dueño de la situación. Se instaló en el Palacio de los Duques de Hijar. Su foco de atención eran las colecciones del Palacio Real. El expolio de Murat se diferencia de otros en el uso constante del engaño y la coacción diplomática. No siempre robaba. A menudo pedía préstamos que nunca eran devueltos o aceptaba regalos que los aterrorizados nobles y clérigos le entregaban con la esperanza de comprar su favor o la seguridad de sus instituciones.

Uno de los capítulos más oscuros y representativos de su estancia en Madrid fue su fijación con la Real Armería. Aquella colección, que era considerada una de las mejores del mundo, custodiaba las armas y armaduras de los Austrias y los Borbones, símbolos de la gloria militar de España. Murat ordenó la extracción de piezas únicas. Se llevó las espadas ceremoniales, armaduras de Carlos V y Felipe II, y objetos de una factura técnica inigualable. Muchas de estas piezas fueron enviadas a Francia para decorar el Castillo de Benrath o el Palacio del Elíseo, para darles el esplendor de las viejas monarquías europeas.

Cuando estalló el Dos de Mayo la figura de Murar paso de ser la de un ocupante codicioso a la de un represor despiadado. La violencia desatada en las calles de Madrid le sirvió de cobertura perfecta para acelerar la salida de bienes hacia Francia. Durante los meses de su mandato, antes de partir hacia el trono de Nápoles, la salida de carruajes cargados con obras de arte fue constante. En ellos salieron obras de la escuela española y flamenca. Asesorado por personajes que conocían bien el mercado del arte, seleccionó lienzos de Velázquez, Tiziano y Rubens. Murat alegaba que las obras corrían peligro debido a la inestabilidad de la ciudad y que Francia, como nación protectora de las artes, debía custodiarlas. Bajo este pretexto se llevó cientos de obras.

El impacto del paso de Murat por Madrid fue devastador para el patrimonio de los conventos. Instituciones como el convento de la Encarnación o las Descalzas Reales sufrieron la intrusión de los oficiales franceses que se sentían con derecho a confiscar cualquier objeto de valor. Robaron pinturas, orfebrería religiosa, tapices y manuscritos. La ciudad se convirtió en un mercado abierto donde la única moneda era la fuerza. Murat no tenía reparos en utilizar las amenazas directas contra el clero para que le entregaran piezas específicas que él consideraba dignas de su colección personal.

A esto hay que añadir la humillación que supuso para los artesanos y conservadores españoles aquel expolio. Relojeros, armeros y pintores de cámara vieron como las piezas que habían cuidado durante toda su vida eran embaladas con desprecio y enviadas a un destino incierto. La impotencia de estos hombres, que intentaron en vano inventariar lo que salía para que algún día pudiera ser reclamado, fue una empresa desesperada. Murat, con su estilo extravagante y su uniforme recargado de medallas y pieles de leopardo, representaba la antítesis del respeto por la historia que los españoles profesaban a sus instituciones.

Cuando marcho de Madrid, para convertirse en rey de Nápoles, el rastro de sus robos continuó marcando el destino de muchas obras. Algunas de las piezas que se llevó terminaron en subastas europeas años después, pasando a formar parte de los grandes museos de Francia o de otros países, o desapareciendo en colecciones privadas. Lo que Murat robó para sí mismo fue mucho más difícil de rastrear y recuperar tras la caída del Imperio. La devolución de los bienes después de 1815 fue parcial, compleja y se frustró en muchas ocasiones por la desidia de las autoridades españolas o la resistencia de sus nuevos propietarios.

La memoria de Joaquín Murat en Madrid está indisolublemente ligada a los fusilamientos de la montaña del Príncipe Pío y de la Moncloa, pero su expolio es una herida igual de profunda. Se aplicó la práctica de la filosofía imperial de que “al vencido, nada”. Madrid perdió bajo su mando no solo objetos de valor material, sino fragmentos de su alma colectiva. Murat fue arrestado en Calabria y lo encerraron en el castillo de Pizzo. Lo juzgaron y condenaron a muerte, siendo fusilado el 13 de octubre de 1815. Su cuerpo nunca fue encontrado.

Del Palacio Real a Apsley House por la ambición ilustrada de José Bonaparte

Después de la marcha del mariscal Joaquín Murat llegó a Madrid José I Bonaparte. Si los mariscales Soult, Sébastini o Murat expoliaron para conseguir un botín de guerra personal o mercantil, el Bonaparte llevó a cabo un proyecto polñitico y cultural en los Palacios Reales de España. No se trataba solo de expoliar, sino de desarticular la simbología de la dinastía de los Borbones. Quería reconstruir sobre sus cenizas una nueva legitimidad napoleónica. En este proceso de modernización y centralización de las artes los palacios de Madrid, Aranjuez, La Granja y El Escorial, sufrieron una sangría de tesoros que alteró para siempre el mapa de la riqueza artística española.

José Bonaparte llegó a Madrid en 1808 se encontró unos Palacios Reales que habían sido decorados a mayor gloria de los Austrias y los Borbones. El Palacio Real de Madrid era uno de los contenedores de arte más poblados del mundo. El Bonaparte, un hombre de formación ilustrada y con una sensibilidad genuina para la pintura, no vio solo una decoración cargada en aquellas salas, sino un activo político. Tuvo la idea de crear el Museo Josefino, inspirado en el futuro Louvre, que pretendía nacionalizar las colecciones reales para ponerlas al servicio del público. Una idea revolucionaria que se tradujo en el vaciado sistemático de palacios y conventos. José I, por un decreto de 1809, ordenó que las mejores obras de los Sitios Reales fueran trasladadas al Palacio del Buen Retiro, que sirvió de almacén y sede del futuro Museo Josefino. Como ocurre muchas veces, durante el traslado algunas piezas se perdieron. Es decir, se enviaron directamente a Francia.

El expolio del Bonaparte se puede clasificar de fascinante y aterrador. A estos Sitios Reales llegaron funcionarios con inventarios en la mano. Se desmantelaron oratorios privados, se descolgaron techos y se extrajeron series completas de tapices. En el Palacio Real de Madrid se centraron en la pintura flamenca e italiana y, por supuesto, los Velázquez que el Bonaparte admiraba.

Consciente que su trono en España era inestable comenzó a ver las colecciones reales como una reserva de valor. A medida que la guerra avanzaba y las arcas del estado se vaciaban, el arte empezó a ser utilizado para pagar favores, saldar deudas con generales franceses que exigían compensaciones, o como equipaje personal ante una posible retirada. El Palacio de la Granja de San Ildefonso fue despojado de mármoles y piezas de orfebrería que terminaron adornando residencias en París o siendo fundidas para acuñar monedas.

El Bonaparte también seleccionó cuadros para su hermano Napoleón. Este, para ganarse el favor de su hermano y demostrar su dominio político y militar, envió a París cargamentos de obras maestras extraídas de las colecciones reales. Entre estas piezas habían cuadros de Rafael, Leonardo y obras de la escuela española que debían acabar en el museo universal que Napoleón quería crear. Este regalo vació las paredes de los Sitios Reales de sus piezas más insignes. El golpe de gracia ocurrió en 1813, cuando la derrota en la batalla de Vitoria obligó al Bonaparte a huir de España. En su huida el monarca organizó un inmenso convoy “con más de 2.000 carruajes” (sic), conocido históricamente como el Equipaje del Rey José, que contenía más de doscientos cuadros de pequeño formato, joyas de la corona, documentos de estado y una gran cantidad de plata labrada. Aquel convoy fue interceptado por las tropas de Arthur Wellesley, duque de Wellington, y todo aquello cambió de rumbo. De París se trasladó a Inglaterra y hoy forma parte de la colección de Apsley House en Londres.

En Apsley House, la casa del duque de Wellington se conservan obras de Velázquez; la Dánae recibiendo la lluvia de oro de Tiziano; y obras de Francisco de goya, Bartolomé Esteban Murillo, José de Ribera, Claudio Coello, Juan de Flandes o Antonio Moro. Todas estas obras se conocen como el Spanish Gift (Regalo Español). ¿Por qué? Aunque Wellington intentó devolver en dos ocasiones el botín al Estado español, el rey Fernando VII decidió regalárselas oficialmente en señal de gratitud, lo que dio lugar al nombre irónico de este conjunto artístico. En total 90 pinturas de la Colección Real Española.

Los palacios españoles habían sido diseñados como obras de arte totales, donde la arquitectura, el mobiliario y la pintura formaban un discurso coherente sobre el poder. El Bonaparte destruyó esta unidad. El Escorial sufrió una transformación traumática. Los franceses no apreciaron lo que allí se creó, sino que lo vieron como una despensa de cuadros de primera fila. Se llevaron piezas de Tiziano y de El Bosco, despojando al panteón de los reyes su ornamento sagrado. Las piezas que fueron devueltas estaban muy dañadas por los precarios embalajes y los constantes traslados de la guerra.

El Bonaparte llevó a cabo un expolio de guante blanco. A diferencia de otros él actuó con la convicción de un reformador, creyendo sinceramente que estaba salvando el arte español de su supuesta incuria de los Borbones al institucionalizarlo. El resultado práctico fue la mayor dispersión de la colección real de toda su historia. Sus decretos de supresión de órdenes religiosas alimentaron un mercado negro de arte, donde los generales, diplomáticos y aventureros se repartieron lo que los funcionarios del rey no habían catalogado. Muchas de aquellas obras sirvieron para conseguir salvoconductos o raciones de suministros.

Gracias al Bonaparte hoy en día para conocer la grandeza de los Palacios Reales de la época de Carlos IV debemos visitar el Louvre, la National Gallery, la casa del duque de Wellington o colecciones privadas de los Estados Unidos. Con su expolio se llevo la narrativa visual de una nación y transformó los palacios en escenarios desolados y sin esplendor. España, gracias al Bonaparte, perdió su alma estética a mayor gloria de aquella ambición imperial napoleónica.

Arthur Wellesley, más conocido, a partir de 1814, por su título de duque de Wellington, Thomas Lawrence (1814)

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