La localidad de Arcenillas, a ocho kilómetros de Zamora y con 450 habitantes, atesora con orgullo en su iglesia parroquial dedicada a Nuestra Señora de la Asunción un tesoro que hace conocer a la localidad como “el pueblo de las tablas”. Y es que no es para menos, porque son once tablas pintadas por Fernando Gallego, el mejor exponente del estilo gótico hispano-flamenco en la Corona de Castilla.
Se dio a conocer fuera de Arcenillas la existencia de estas tablas desde que el historiador Manuel Gómez-Moreno las describió con motivo de la elaboración de su Catálogo Monumental de la Provincia de Zamora, y ya entonces pudo saber que su procedencia se situaba en la catedral de Zamora, pues fueron parte del retablo principal de su altar mayor. Este fue vendido a la parroquia de Arcenillas a principios del siglo XVIII, pero debido a que se hizo necesario su desmontaje para unas obras en torno al año 1816, desaparecieron entonces en torno a 20 de las 35 tablas originales, de las que solo algunas se han localizado, aunque ninguna regresó al pueblo. De esta manera, hasta el siglo XX únicamente sobrevivieron en Arcenillas 15 tablas originales.
Fue en los años 70 cuando, ya restauradas, se emprendieron esfuerzos para darlas más a conocer, promocionándose como lo que son: las obras de arte en pintura más famosas de la provincia de Zamora, atrayendo a turistas de todos los lugares del mundo hasta esta iglesia rural. Pero la tranquilidad del pueblo se vio rota la noche del 22 al 23 de noviembre de 1993, cuando se recibieron unos visitantes que jamás hubiéramos querido recibir. Un andamio de una obra cercana sirvió para que un número indeterminado de ladrones accedieran al templo por la ventana de su sacristía, consiguiendo arrebatar cuatro de las quince tablas que se exhibían: “Lamentación sobre el cuerpo de Cristo”, “Entierro de Cristo”, “Resurrección” y “Duda de Santo Tomás”. A la mañana del día siguiente, un vecino se extrañó al ver la puerta de la iglesia abierta, y al acceder se encontró con la terrible sorpresa.
Los esfuerzos para recuperar las tablas se dieron desde el primer día, tratando primero de recopilar en el lugar del robo toda la información posible que condujera a pistas que se tradujeran en líneas de investigación, pero todos los esfuerzos fueron en vano. Durante los años siguientes, la Brigada de Patrimonio Histórico de la Guardia Civil situaban a las cuatro tablas expoliadas entre las más buscadas a nivel internacional, nombrando como “una espinita clavada” al fracaso de no haber podido recuperarlas.
El robo de las tablas de Arcenillas ha servido al menos para concienciar de la necesidad de proteger el patrimonio histórico-artístico en las iglesias del mundo rural. En aquel momento se avivó el viejo debate de la dicotomía entre mantener el patrimonio en los templos u otros edificios del mundo rural, más desprotegidos y con menores garantías de conservación y accesibilidad a las visitas por la frecuente falta de apertura al público con horarios fijos, o la concentración en museos comarcales o de territorios más amplios en los que se garanticen mejores condiciones de conservación y protección, pero a la vez se despoje a los pequeños núcleos rurales de sus principales atractivos patrimoniales. Sin duda, más de treinta años después, con algunas excepciones, ha triunfado la opción de mantener el patrimonio en sus lugares de origen, manteniendo plenamente así su contexto material. Por otro lado, sucesos como el reciente robo del Museo del Louvre nos recuerdan que ningún lugar está libre de visitas indeseadas.
A día de hoy, Arcenillas sigue echando en falta las cuatro tablas robadas en 1993, pero al menos los amantes del arte siguen acercándose hasta el pueblo para contemplar uno de los mejores conjuntos de la pintura gótica española.