Valencia asiste, entre la fatiga, el hartazgo y la indignación, a un espectáculo dantesco que se repite en un bucle infinito de desidia institucional. Las paredes de la antigua fábrica de La Ceramo, en el corazón de Benicalap, no son hoy el lienzo del glorioso reflejo metálico que asombró al mundo en las exposiciones universales, sino el tablero de juego de "pintamonas" y delincuentes del grafiti que se ceban con un cadáver arquitectónico que las autoridades están tardando demasiado en resucitar.
Mientras la administración municipal se llena la boca con palabras huecas como "sostenibilidad" y "vanguardia", la realidad a pie de calle es una bofetada: un Bien de Relevancia Local (BRL) herido de muerte por el espray y el pasotismo.
Para entender la magnitud del desastre, debemos retroceder a la Valencia que soñaba con la modernidad a finales del siglo XIX. Entre 1888 y 1889, José Ros Surió y Julián Urgell fundaron un taller que no era una simple industria, sino un templo del arte y la alquimia.
La Ceramo recuperó la técnica medieval del reflejo metálico, ese secreto de origen hispanomusulmán que otorgaba a la cerámica una iridiscencia mágica, capaz de cambiar de tonalidad según el ángulo de la luz gracias a la aplicación de sales de plata y cobre en una tercera cocción reductora.
De sus hornos de tipo árabe o morunos, de los cuales se conservan ejemplares únicos en el complejo, salieron las piezas que hoy definen la piel de nuestra ciudad. Hablamos de la cerámica que reviste la Estación del Norte, toda la cerámica del Mercado Central o el colorido modernista del Mercado de Colón, entre otros muchos edificios de la ciudad, de municipios de la Comunitat Valenciana y de otras provincias.
Su arquitectura es, en sí misma, una pieza de catálogo de la arqueología industrial valenciana. Un conjunto neomudéjar que respira historia, con su chimenea de ladrillo alzándose como un dedo acusador hacia el cielo de Benicalap y sus naves dispuestas de forma funcional que guardan el secreto de una producción artesanal que se extinguió comercialmente en 1992.
Tras el cierre, comenzó un calvario que dura ya más de tres décadas. Lo que debió ser un museo vivo de la industria valenciana se convirtió en una pieza más del tablero de la especulación, el abandono y el olvido administrativo.
La historia legal de La Ceramo es una antología del despropósito valenciano. En 1993, un expediente para declararla Bien de Interés Cultural (BIC) fue archivado mediante maniobras políticas que aún hoy chirrían en los archivos del DOGV. Se prefirió la flexibilidad urbanística al rigor y a la protección patrimonial.
Hubo que esperar a 2004, tras la insistencia, el martilleo constante y las denuncias documentadas de la desaparecida asociación Cercle Obert de Benicalap, para que finalmente se le otorgara el estatus de BRL.
Pero no nos engañemos: los títulos sobre el papel no detienen el mazo ni el espray si no van acompañados de un presupuesto real y una vigilancia efectiva. Desde la venta del inmueble en 2017 por parte de la SAREB al Ayuntamiento de Valencia, se nos ha vendido la rehabilitación "a bombo y platillo" en innumerables ruedas de prensa. Sin embargo, ante la parálisis, desde nuestra asociación hemos tenido que acudir en repetidas ocasiones al Síndic de Greuges.
Las resoluciones del Síndic han sido claras y contundentes, instando al Ayuntamiento de Valencia a cumplir con su deber de conservación, custodia y mantenimiento. Pero el consistorio parece haber desarrollado una inmunidad burocrática a las recomendaciones del Defensor del Pueblo valenciano. Se prometieron obras en 2019, se postergaron a 2021, se utilizaron como baza electoral en 2023... y aquí seguimos, en pleno enero de 2026, viendo cómo las modificaciones del PGOU y las partidas presupuestarias se evaporan mientras los muros se llenan de pintadas delictivas que no se molestan ni en retirar.
El problema es de manual: la teoría de las ventanas rotas aplicada al patrimonio industrial. Cada cristal roto que no se repone, cada valla que se vence y cada pintada que no se borra es una invitación formal para el siguiente pintamonas. La impunidad es absoluta. Los delincuentes acceden pintarrajean los muros de ladrillo sabedores de que no hay vigilancia física, que no hay cámaras conectadas a la central de la Policía Local y, lo que es peor, no existe una voluntad política real de aplicar la legislación vigente y las ordenanzas municipales de limpieza y protección del patrimonio.
Las pintadas documentadas en este inicio de año son especialmente dolorosas. No estamos ante "arte urbano", ni ante expresiones de libertad creativa; son ataques directos a una fábrica que es memoria viva del barrio y de la ciudad.
La inacción municipal es de tal calibre que, cuando deciden intervenir tras nuestras denuncias públicas, lo hacen con una torpeza que roza la negligencia profesional. Limpiar paramentos históricos de ladrillo visto o azulejería con pintura plástica de mala calidad es una aberración técnica. Es un parche de "brocha gorda" que oculta la herida estética, pero destruye la porosidad del material original, condenando al ladrillo a una degradación acelerada por la humedad atrapada.
Es indignante que el Ayuntamiento permita esta degradación mientras gasta millones en campañas de imagen. La Ceramo es hoy un bucle de despropósitos: denuncia ciudadana, silencio administrativo, promesa de limpieza, ejecución deficiente y, a las pocas semanas, una nueva pintada delictiva sobre la anterior.
¿Dónde están las multas y sanciones que permite la Ley de Patrimonio Cultural Valenciano? ¿Por qué no se identifica y sanciona a los responsables de estas pintadas que dañan un Bien de Relevancia Local? La respuesta es sencilla: falta voluntad. La desidia se ha instalado en las instituciones, que prefieren mirar a otro lado para no tener que actuar motu proprio.
Pero no podemos señalar únicamente al alcalde, alcaldesa, o al concejal de turno. La sociedad valenciana padece una preocupante anestesia ante la pérdida de su identidad. Nos hemos acostumbrado a ver a La Ceramo con sus muros desconchados, agrietados y cubiertos de firmas sin sentido. Pero debemos recordarlo: el patrimonio no nos pertenece en propiedad; somos sus custodios para las generaciones venideras, y en La Ceramo estamos fracasando estrepitosamente como sociedad.
La recuperación de este enclave no puede esperar a un nuevo ciclo político. Exigimos la rehabilitación integral inmediata. No queremos más licitaciones que quedan desiertas por falta de realismo económico, ni más estudios previos, mientras los delincuentes se ceban con el edificio.
La defensa del patrimonio es una carrera de fondo, una batalla de resistencia contra el olvido. Desde el Círculo por la Defensa y Difusión del Patrimonio Cultural no vamos a dar un paso atrás ni a bajar el tono. Seguiremos paseando por nuestras calles, seguiremos documentando el desastre, enviando escritos al Síndic y señalando con nombres y apellidos a quienes, por acción u omisión, permiten que el legado de Ros y Urgell se convierta en polvo. La Ceramo es el termómetro de nuestra salud cultural, y ahora mismo, Valencia está en cuidados intensivos.
Es hora de pasar de las palabras a los hechos. Seguiremos peleando por una ciudad que respete sus raíces y castigue con firmeza a quien las pisotea. ¡La Ceramo se queda, las pintadas deben desaparecer ya!