El 11 de septiembre de 2001, no solo se perdió uno de los íconos arquitectónicos más representativos de Nueva York. Además del colapso de las Torres Gemelas, una parte significativa del patrimonio artístico que había transformado al World Trade Center en una destacada galería de arte contemporáneo también fue destruida.
El centro de cualquier rememoración de aquel día debe ser, sin duda, la tragedia humana, que dejó un saldo de casi 3.000 personas fallecidas en los atentados. Sin embargo, no solo se perdieron vidas; también se destruyeron edificios, oficinas y espacios públicos, así como valiosas obras de arte como pinturas, esculturas, murales, tapices, fotografías y piezas arqueológicas, cuyo valor total superó los 110 millones de dólares de 2001, que equivaldría a aproximadamente 208,06 millones de dólares en 2026.
En Austin J. Tobin Plaza, el corazón artístico del complejo se manifestaba en el espacio ubicado entre las dos torres. Desde finales de los años sesenta, la Autoridad Portuaria de Nueva York había reunido allí una colección de esculturas de destacados artistas del siglo XX. Entre estas obras se encontraba Bent Propeller (1971), un impresionante stabile rojo de aproximadamente siete metros de altura, creado por Alexander Calder. Lamentablemente, la escultura sufrió daños significativos y solo se logró recuperar una parte de su estructura.
Ideogram, una escultura abstracta de acero inoxidable de casi ocho metros creada por James Rosati, también fue destruido. Por otro lado, Cloud Fortress, obra de Masayuki Nagare, logró resistir al principio el colapso, pero finalmente fue arrasada durante las labores de recuperación.
La Memorial Fountain, diseñada por Elyn Zimmerman en homenaje a las víctimas del atentado de 1993, sufrió el mismo destino.
The Sphere, creada por Fritz Koenig, fue la única gran escultura de la plaza que logró ser recuperada. Concebida en 1971 como un símbolo de la paz mundial a través del comercio, esta monumental esfera de bronce apareció entre los escombros con daños severos, pero manteniendo su estructura intacta. En la actualidad, representa uno de los objetos más significativos relacionados con la memoria del 11-S.
Dentro de las torres, había una sección de esa colección que pasaba desapercibida para muchos de los visitantes. En la Torre Norte, Sky Gate, New York, una imponente obra en relieve de madera negra creada por Louise Nevelson, se inspiraba en la vista aérea del horizonte urbano. Esta pieza fue destruida. Además, se podían encontrar obras de artistas como Pablo Picasso, Roy Lichtenstein, Paul Klee y Romare Bearden, así como pinturas, murales y tapices que adornaban oficinas y áreas comunes.
Una obra relacionada con la historia del arte catalán que resalta entre todas esas pérdidas es el Gran Tapiz del World Trade Center, diseñado por Joan Miró y elaborado por el artista textil Josep Royo. Este tapiz, encargado en 1974 por la Autoridad Portuaria de Nueva York, fue creado para adornar el vestíbulo de la Torre Sur.
La creación de la obra se convirtió en una verdadera aventura técnica. Sin experiencia previa en el campo del tapiz, Miró diseñó un boceto al óleo sobre tela que medía 57,2 por 105,2 centímetros y delegó su realización a Josep Royo. Durante aproximadamente diez meses, el maestro tejedor y cinco mujeres dedicaron entre cinco y siete horas diarias a trabajar en un telar especialmente diseñado para este proyecto en La Farinera de Tarragona.
Se obtuvo una obra monumental que mide alrededor de seis metros de altura, diez u once de ancho y pesa cerca de cuatro toneladas.La composición, que se caracteriza por los rojos, verdes y amarillos propios del universo de Miró, estaba formada por lana de Nueva Zelanda, cáñamo y cuerda. La magnitud de la obra requirió incluso modificaciones en el edificio donde se creó; para extraerla de La Farinera, fue indispensable desmantelar una pared lateral y contar con la ayuda de una grúa, así como la colaboración de expertos del puerto de Tarragona.
La pérdida artística ocasionada por el 11-S también afectó a lugares menos evidentes. En las plantas superiores, el programa World Views del Lower Manhattan Cultural Council brindaba oportunidades de estudio a artistas de todo el mundo.
El escultor Michael Richards, quien falleció en el atentado, trabajaba allí. En otros edificios del complejo se encontraban colecciones de empresas y obras de compañías y particulares. Por ejemplo, Cantor Fitzgerald ocupaba las plantas 101 a 105 de la Torre Norte. Sus oficinas contenían una valiosa colección vinculada a Auguste Rodin, de la cual se lograron recuperar algunos fragmentos entre los escombros.
Incluso archivos históricos fueron afectados por el desastre. Decenas de miles de negativos del fotógrafo personal de John F. Kennedy, Jacques Lowe, se encontraban resguardados en una cámara acorazada del 5 World Trade Center.
Cientos de miles de piezas arqueológicas, junto con documentación vinculada al antiguo barrio de Five Points y al African Burial Ground, se almacenaban en el sótano del 6 World Trade Center, provenientes de excavaciones realizadas en Lower Manhattan.
A lo largo de veinticinco años, las Torres Gemelas han permanecido como un poderoso símbolo de la tragedia humana. Sin embargo, el transcurrir del tiempo ha facilitado la reconstrucción de la magnitud de lo que el 11-S eliminó de forma irreversible.
Entre los escombros se perdieron obras, archivos y fragmentos de una memoria cultural que eran parte esencial de la historia de Nueva York.