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¿Por qué los 90 fue la Década Dorada en la venta de falsificaciones de arte?

ARTPRICE refleja la venta en 1995 por 60.000 euros subastada en Christie's de la obra falsa "La Chica y el Cisne" atribuida a Heinrich Campedonk . En realidad es obra de Wolfgang Beltracchi... (Foto: © artprice).

Codicia, ignorancia, inmediatez y comunicaciones débiles, fueron los ingredientes perfectos para que reflorezca con fuerza un viejo estilo artístico: La falsificación.

Jorge Llopis Planas | Domingo 04 de enero de 2026

Propongo un pequeño ejercicio.

Deje su móvil y su correo electrónico y olvídese de internet y de su ordenador. ¿Sabe lo que es un fax? ¿Un vulgar teléfono analógico? ¿Sabe qué es o dónde esta su estafeta de correos más próxima sino tiene mensajería propia?. Los más jóvenes seguramente no pueden imaginarse una vida sin ello, pero esto era así. El mercado del arte "se comunicaba" así.

Estamos a finales de los años 80, principios de los 90. El mercado del arte y de las antigüedades ha sido invadido por nuevos ricos. Griegos, árabes, narcos y rusos: la Jet Set, la socialité que vive a caballo entre Paris , Londres y Nueva York en sus jet privados.

Una nueva clase social que ha desbaratado el tradicional y opaco mercado del arte, reservado a coleccionistas tradicionales, discretísimas fortunas y expertos curadores y conservadores.

El arte y las antigüedades se han convertido en un valor financiero, y hay que comprar lo más caro y por tanto el mercado del arte experimenta un crecimiento explosivo sin precedentes, y que ya no dejará de crecer. Es un valor seguro. La burbuja del mercado del arte no ha hecho más que empezar a hincharse.

Una obra de arte es codiciada por tres motivos: Precio, autoría o rareza.

A pesar de que el mercado del arte, siempre tan tradicional, siempre tan centrado en sus expertos únicos, empieza a vislumbrar un problema: Se compra demasiado rápido y sin tener muy claro si lo que se vende, es original o no, pero hay que vender como sea.

Existen catálogos razonados, desde luego, pero la posibilidad de obras inéditas de artistas importantes también es una realidad. Pero la cuestión es que hay una demanda y hay que aprovechar el momento. Vender, vender, vender…

Europa todavía tiene 40 años después, resaca del expolio nazi. Por otro lado surgen nuevos mercados como el ruso y los países del este. Se recuperan y cotizan nuevas figuras del arte contemporáneo y las Vanguardias, malditas por los nazis y por los soviéticos, así como se redescubren artistas del primer cuarto de siglo XX.

Codicia, ignorancia, inmediatez y comunicaciones débiles, son los ingredientes perfectos para que reflorezca con fuerza un viejo estilo artístico: La falsificación.

Falsos han existido siempre y su comercio es inevitable, sobretodo cuando se trata del segundo mercado y las ventas directas. Ahora en los 80 y 90 los canales son los mismos, pero fundamentalmente las grandes salas, Christie’s, Sotheby’s, Bonhams, incluso la excelsa Dorotheum vienesa. Todas han convertido sus subastas en auténticos eventos sociales de relevancia internacional.

Tradicionalmente se asocia la falsificación al arte, y no deben olvidarse ni las antigüedades ni las artes aplicadas. El mercado estaba indefenso y eran víctimas propiciatorias de su propia trampa. El secretismo.

La falsificación en el pasado estaba asociada al robo de arte y mercado negro. Robar una pieza maestra y hacer dos o tres copias, y venderlas en un mundo de coleccionismo opaco y silencioso, cuando el robo por encargo era posible, precisamente porque no existía la presión mediática actual.

Pero volvamos al día a día de aquel segundo mercado de los 90. La digitalización de fondos, y archivos en galerías, museos y colecciones son prácticamente una quimera, se trabaja con papel y a duras penas la comunicación inmediata de imágenes es con fax en blanco y negro.¿Ha visto usted un cuadro de Caravaggio, de Malevich o Miró enviado por fax?.

Por otro lado la investigación científica en el arte no ha hecho más que comenzar y los estudios bioquímico de pigmentos o reflectográficos, está en su primera semana de gestación, como quién dice. El factor humano, el Conoisseur, sigue siendo primordial, pero el experto también envejece y los relevos no llegan. Y el mercado se hace cada vez más grande y hay que seguir vendiendo.

También como decía, aquel fue un momento en que el mercado revisa la reciente historia de Europa, y reconoce que los zarpazos de la II Guerra Mundial, la desaparición de archivos, el trasiego de obras expoliadas por los nazis hacia América del Sur y Norteamérica o las saqueadas por los soviéticos como Derecho de Depredación o saqueo del vencedor.

Lo crea o no, es un momento muy propicio para que entren en juego nuevos falsificadores en un mercado del arte más global, ya que también el fraude se globaliza. Ahora las falsificaciones circularán por el planeta y en algunos casos sin apenas control.

Un mundo desconectado

Es el momento para personajes como John Myatt, Wolfang Beltracchi, el Maestro Español, Giuliano Ruffini, Alfredo Martínez o el ebanista Bruno Desnoues. ¿Sólo estos? De ninguna manera, de hecho el mejor falsificador es aquel a quien no se descubre.

El pintor John Myatt vendió imitaciones de obras de maestros como Chagall, Matisse y Picasso a casas de subastas y coleccionistas. arrestado en 1995 (y condenado )por vender más de 200 pinturas al estilo de los maestros modernos. Según estima, todavía hay en circulación cerca de 120 falsificaciones suyas.

No obstante, Wolfgang Beltracchi podría superarlo. Entre 1980 y 2000 se calcula que pintó y colocó en las más importantes salas de subastas más de 300 obras atribuidas principalmente a casi 50 artistas alemanes , especialmente figuras del Expresionismo.

Alfredo Martínez , un artista portorriqueño fallecido en 2023 fue acusado de ser el mayor y más prolífico falsificador de Jean Michael Basquiat durante casi 20 años. Detenido en 2002 por la producción de 17 Basquiats falsos. Se desconoce el número total.

Es el momento en el que también se falsifican documentos de procedencia. Aparecen colecciones de arte y antigüedades desconocidas, ya sea porque se argumentaba que fueron expoliadas por los nazis , o porque el autor no había terminado un registro o catálogo razonado, impedían verificar con exactitud si Modigliani pintó 337 obras o 2000, o el caso de las Vanguardias rusas, y que hoy por hoy están totalmente depreciadas por la venta masiva de sus s falsificaciones.

En la década del 2000 aparecen las famosas obras inéditas de artistas considerados “caoticos” como sucede con Jean Michel Basquiat, del cual se aseguraba que habían aparecido 1.000 obras en un almacén de Nueva York después de su muerte. La obra de Picasso catalogada es numerosa, más de 40.000 piezas ¿Por qué no otras 1.000 más? . El caso de Dalí y su obra gráfica y la infectación en las subastas y galerias nortemericanas merecería un capitulo aparte.

No será hasta mediados de la década del 2010, cuando la digitalización de los fondos de los museos se consolida, aunque no todos como es el mismo caso del British Museum, o los museos de oriente medio, donde precisamente esta ausencia de digitalización o catalogación provocan el expolio y robo continuo. Las fundaciones de artistas cierran sus catálogos razonados y sobretodo se exige una comunicación fluida. También será la década en que las organizaciones policiales consolidan la cooperación y se empieza a exigir a las salas de subastas que se metan el secretismo donde les quepa, ya que pueden ser directamente responsables de un fraude. Es la década en la que la ciencia entra con fuerza en la investigación artística en todas sus variantes periciales: Bioquímica, documentoscopia, grafotécnica y reflectología de manera indiscutible.

También es la década en la que fundaciones de artistas de éxito fulgurante, se dan cuenta que han firmado demasiados certificados de originalidad y que no pueden hacer frente a las reclamaciones de falsedad, como el caso de los comités Basquiat, Warhol o Pollock, ya que en el fondo les importa seguir recibiendo sus Derechos de Sala por obra vendida, que no saber, cual es la obra es la que se vende.

Todo eso pasó en los años 90 en el mercado del arte y de las antigüedades, y todavía el sigue resintiéndose de ello, ya que las falsificaciones siguen apareciendo y a veces descubriéndose públicamente.

La segunda oleada de falsificaciones se produce en la segunda decena del siglo XXI. Con el arte digital, los famosos NFT, que han reproducido en un nuevo lenguaje y mercado más opaco todavía, como es la red y sus claves, aunque con la mismas tipologías de fraude. Los mismos perros con diferentes collares o nombres.

Hoy la obra de arte falsa es fundamentalmente la obra gráfica de autores relevantes. El gran falsificador se llama Hawlett Packard.

Las consecuencias en 2025

En 2019, Thomas Hoving, exdirector del Metropolitan Museum de Nueva York, declaraba que en torno al 40% del mercado del arte se compone de obra falsa. Con esta afirmación se podría finalizar este artículo.

Obviamente el mercado del arte se ha vuelto más cauto en los últimos 15 años. La falsificación abre las puertas en primer lugar a las dudas, sobre la originalidad de otras obras de los artistas falsificados. El caso más notorio ha sido la depreciación y rechazo masivo a las pinturas atribuidas a los autores de las Vanguardias rusas. Otro ejemplo es la obra gráfica y dibujos de Dalí. Nadie los quiere ni para envolver el pescado. Se da la circunstancia que en estos dos casos, además que la inexistencia de catálogo razonado de los pintores rusos o completo como es el caso de los grabados de Dalí, ha condenado esta producción artística.

En el caso de Warhol, la corte de colaboradores como Pietro Psaiser, autor de obras realizadas al amparo de The Factory, pero nunca reconocidas por la Fundación Warhol provocaron el cierre de la fundación.

Con Basquiat fue peor. Al año siguiente de su muerte “aparecieron” 1000 nuevas obras inéditas en un almacén de Nueva York, curiosamente todas del año 1982 y tituladas “Untitled” , eso sí , aparecieron cientos de certificados de su padre Gerard Basquiat. La fundación Basquiat cerró en 2012.

Del caso de Norval Morriseau, el Picasso canadiense, fue el colmo. Los descendientes, montaron talleres con niños en semiesclavitud y con una producción que superaba las 10.000 piezas

Hoy, las herramientas de validación de original indiscutible son los catálogos razonados. En el caso de Modigliani, el de Ambrogio Ceronni publicado en 1970 (y si no está ahí, no pierda el tiempo). El de Jean Michel Basquiat , publicado por Enrico Navarra y el extenso Zervos para Picasso, entre otros.

¿Cómo entran las falsificaciones en los museos?

Una obra falsa tiene vida propia una vez se introduce en el segundo mercado, su rastreo es difícil, y hasta que llega (o no) a un museo o un coleccionista quisquilloso, puede continuar vendiéndose y revendiéndose, con el agravante de que si no se interceptaba a tiempo y la pieza entraba en el ámbito museístico, la falsedad adoptaba la honorabilidad casi indiscutible de tener la aprobación de las grandes instituciones.

En el caso de las falsificaciones arqueológicas, la falsificación ha sido fundamental, sobretodo en la falsedad documental. La bendición museológica ha sido primordial, y se ha llevado a cabo en aquellos países como Estados Unidos, donde las instituciones museísticas son de carácter privado y permiten mayor flexibilidad en términos de prestamos y ventas.

Desde luego muchos propietarios de objetos y obras de arte desconocían el fraude, en otros casos, a otros les daba más bien igual. En el caso de los museos norteamericanos, la cesión o donación temporal de una obra de arte, supone importantes beneficios fiscales para el donante, además del prestigio social. Revenderla después, además suponía (y todavía hoy) no sólo beneficios fiscales, sino amortizar y revalorizar la compra.

Recientemente en Italia en una exposición de Dalí se han retirado más 20 obras falsas procedentes de colecciones privadas ¿Se intentaba hacer lo mismo o fue un despiste del organizador?. Pero con Dalí la cosa es así…

Lo que está claro es que una vez una obra falsa entra en el circuito museístico, se inicia su consagración. Probablemente nadie la pondrá en duda: No interesa al museo por su prestigio. No interesa a los conservadores para que no se dude de su conocimiento. No se dudará del vendedor o del donante para no alterar al frágil mercado del arte. En resumen, no interesa a nadie.


La sospecha de que las grandes pinacotecas y museos tiene obras falsas en sus fondos y colecciones es notoria, y ya es un secreto a voces. La cuestión es saber de que numero hablamos, y si éticamente no es reprobable por parte de las instituciones hacia el visitante, que paga una entrada para ver obras de arte y objetos culturales auténticos y no falsificaciones.

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