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EDITORIAL

UN SECRETO A VOCES

domingo 09 de junio de 2024, 10:00h

Más allá de movidas tipo MeeToo en las que no entro por no meterme en jardines ideológicos, poco tiene que ver en esta revista, esta semana ha caído en mis manos un espeluznante estudio. El Informe de Acoso Sexual en Arqueología publicado por varias autoras en 2018.

Un 51% de las arqueólogas en España sufren acoso sexual.

Lo dejo ahí para que lo mediten por si su mujer, hija, hermana o novia están o van a ir a alguna excavación ya sea por su profesión o estudios.

Reconozco que estoy escribiendo estas líneas en caliente.

El “universo“ de la encuesta parecerá que no es muy amplio (358 participantes) pero tampoco se crean que hay tantos yacimientos funcionando. Es un estudio serio, no es ninguna majaderia como tampoco lo son los asquerosos resultados que se concluyen.

El 76,6% de los casos han sucedido en Excavaciones públicas, es decir auspiciadas y dirigidas por universidades bajo la tutela de las Consejerías de Educación e Institutos de investigaciones científicas, con exigentes protocolos. En el 89% fueron hombres (ellas en un 9,7% y el “no se sabe” un 0,4%).

Las agresiones verbales, vejatorias y machirulas superan el 55%, las físicas un 15% y las verbales con tocamientos ascienden al 20%. Luego están los mirones (8%) que desnudan con la mirada a sus compañeras mientras están trabajando.

Una de las circunstancias que propician estos acosos son las jeraquías. Hay mucho marranote que espera las campañas con ansía babosa fuera del campus y donde se siente el jefe "Imaginémonos cómo actuarán las estructuras de poder y de protección por parte de los distintos entes académicos. No hay mecanismos que permitan identificar a los agresores”. El 89% de los casos se dan en esta situación de indefensión, temor y los guarros actúan con impunidad.

Siempre he sentido un especial asco por el abuso de poder y si es en el entorno universitario he llegado incluso a la ira. Hace años en Barcelona, a un profesor le pude dar la hostia de su vida en publico y decirle: Ahora denúnciame hijo de puta y explicas el porqué. A la otra docente, en mi universidad en Chicago, la despidieron de manera fulminante al día siguiente sin posibilidad de poder volver dar clases en una universidad americana al menos durante 15 años.

Posiblemente la arqueología de campo sea una de las profesiones en las que se comparten experiencias durante las 24 horas del dia, en un entorno intelectual similar y en situaciones de contacto físico también inevitables por el espacio. Si además se le añade el componente factor de convivencia que a veces hace que sea estrecha, es probable que se de un cóctel de riesgo: campamento universitario hormonas y camaradería y entren en conflicto. Ni se me pasa por la cabeza justificarlo, pero si visualizar el escenario.

La incursión femenina no es nueva en la arqueología de campo. En algunos países hace casi más 100 años que la mujer ha participado activamente cuando no dirigiéndolos, tal vez al principio más relegada a trabajos administrativos, por aquello de la resistencia y fuerza física, pero les aseguro que ni se me pasaba por la cabeza que a estas alturas de la copla y más en un entorno intelectual alto y comprometido tan ideológicamente con la igualdad de oportunidades y el talento, todavía se jugase al “Teto” o se perdieran los papeles porque a una compañera se le vea el escote o las braguitas mientras está agachada haciendo su trabajo. Y no quiero ni imaginarme las excavaciones subacuaticas con cuerpos mojados en bikini.

En el citado informe del año 2018 (hay un segundo en preparación), se expone una cuestión que me sorprende todavía más. Y es que esto del acoso y agresiones sexuales a las mujeres en el mundo de la arqueología es un “secreto a voces”, con nombres y apellidos para más vergüenza del mundo académico y científico español en el que los culpables continúan bajo el manto de sus colegas.

Algo muy parecido a los problemas de acoso que se dan en la iglesia, pero sin tanto escándalo ni fanfarria mediática como se ve, o dependiendo del cristal con que se mira

Asco, vergüenza, solidaridad. Poco puedo añadir. No obstante si alguna lectora arqueóloga me lee y algún día le pasa algo similar y tiene algún instrumento en sus manos que no sea un pincelito. No se corte compañera, déle fuerte en la entrepierna y diga: ¡Ahora denúnciame cerdo hijo de puta y explicas el porqué!.

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